28/2 De vuelta

El plan para hoy era sencillo: dejar las cabañas y desandar el camino que hicimos los dos primeros días, hasta las cercanías del aeropuerto. Así que nos hemos tomado nuestro último desayuno comunitario y, tras un rato de caos semiorganizado para acabar de cerrar las maletas y cargarlas en la furgoneta, hemos conseguido salir sin demasiado retraso sobre el horario previsto.

Cerrar las maletas, menos la de Marga. Recordaréis que se había perdido el primer día, en Oslo; pues bien, todavía no ha aparecido. Entre las variopintas y caóticas explicaciones que nos han ido dando hemos deducido que alguien metió la pata y, en vez de mandarla al aeropuerto de Svolvær, la mandó a Svalbard. Que pilla un pelín más lejos. Aunque, al final, la chica ha hecho trampa y se ha comprado otra maleta con ropa. Eso de pasar toda la semana con lo puesto no la ha acabado de convencer.

Por el camino hemos hecho algunas paradas. La primera, en la iglesia de Gimsøy, donde estuvimos un par de noches atrás intentando ver auroras. Como podéis suponer, la zona es muy distinta de día y de noche. Esta es otra de las iglesias de elección y existe desde la edad media, aunque ha sido destruida y reconstruida muchas veces. Claro que volvíamos a tener mal tiempo (recordad: vendaval y lluvia), así que estuvimos un rato y nos fuimos.

El viento nos hacía temer que el puente de Gimsøy volviera a estar cerrado, pero no. Esta vez el anemómetro marcaba solo 20 m/s (72 km/h), lo que, al parecer, no es suficiente para cerrarlo. Ester a veces se reía de mí y me preguntaba si eso también me parecía una brisilla (soy de Zaragoza y allí suele hacer mucho viento, así que, para mí, lo que en Madrid llaman viento no lo es); pero no, en las islas Lofoten hace un aire de cojones.

Seguimos camino hasta Henningsvær, un pintoresco pueblo famoso por su campo de fútbol. No es el campo de fútbol más famoso del mundo, como afirma algún material turístico, pero sí es bastante curioso porque está en un pequeño istmo, rodeado de mar. Esto no se aprecia muy bien en directo; la mayoría de las fotos que veáis están tomadas desde drones. Yo me subí a una colinita que hay al lado, pero, entre que no es muy alta y que estaba llena de secaderos de pescado, las fotos que saqué son muy malas.

Y estando allí se confirmó lo que nos temíamos: se cancelaba la salida en lanchas que habíamos contratado a causa del mal estado de la mar. Consistía en entrar subidos a unas zodiac en Trollfjorden, un fiordo bastante pintoresco con muchos nidos de águilas. Pero ya os digo que hacía mucho viento y decidieron que era peligroso salir a la mar.

Así que nos sobraba ese tiempo, conque nos dedicamos a pasear un poco por el pueblo (ya os digo que es bonito, sobre todo, el puerto) y tomarnos un café con unos bollos bastante ricos. Quien no se consuela es porque no quiere.


Luego nos fuimos a Kabelvåg, otro pueblo bastante bonito. Nico nos contó que antes solían quedarse en unas cabañas que hay allí, porque son bastante bonitas y bien situadas (las vimos y así es), pero están muy mal gestionadas. Casi siempre había cosas que no funcionaban, o estaban sucias, o tenían sillas rotas... Una pena, porque parecen muy chulas y, según Nico, tienen buen precio. Nosotros dimos un paseíto hasta un faro que hay al final del pueblo.

Y la siguiente parada ya era la llamada catedral de Svolvær; en realidad, no es una catedral, pero lo parece. Es una iglesia de elección bastante grande, con capacidad para 1200 personas. Por desgracia, como ocurre con todas las demás iglesias que he ido mencionando en el blog, hoy día está cerrada. Igual que ocurre con los curas católicos, hoy día hay escasez de pastores luteranos, así que la mayoría de las iglesias están cerradas y no se utilizan. Lo que no quita para que, en ocasiones, haya luz dentro. Cosas del luteranismo. De todos modos, desde fuera es muy bonita.

Y de ahí a comer en el Bacalao de Svolvær. Recordad que, en Noruega, bacalao no es el nombre del pez, sino un guiso específico que se hace con él. Como siempre, comimos bastante bien. Nuestros guías nos dijeron el primer día que la gente suele salir contenta con la comida noruega, y nosotros no vamos a ser la excepción.

Tras un rato de sobremesa, seguimos camino con idea de hacer más paradas. Pero, entre que el cansancio se iba acumulando y muchos nos quedamos dormidos en la furgoneta, y que estaba bajando la niebla, Nico (que iba conduciendo) decidió no hacer ninguna hasta una gasolinera donde paramos para ir al baño y tomar algo quien quisiera. Vimos que el refresco de Chupa-Chups se hace con varios sabores, por cierto.

A todo esto, si en España os molesta cuando vais por la carretera y algún vehículo que viene de frente se deja las largas, en Noruega es mucho peor. Sobre todo, los camiones, que suelen llevar las largas en la parte superior de la cabina. Parecen las luces de un campo de fútbol.

Finalmente, llegamos a Harstad, nuestro destino final. Creo que el primer día mencioné que el aeropuerto de Evenes también se llama Harstad/Narvik por las dos ciudades (pequeñas, ojo) más cercanas a él. Así que íbamos a dormir en Harstad para salir a la mañana siguiente al aeropuerto. El hotel estaba muy bien, salvo por un pequeño detalle: por motivos que se nos escapan, en el restaurante se negaron a servirnos. Era pronto (las 21h, pero la cocina no cerraba hasta las 23h) y tenía mucho sitio libre, pero insistían en que no tenían capacidad. Teníamos dos opciones: ir a buscar otro restaurante (volviendo antes a las habitaciones a vestirnos, porque nos habíamos quitado ya parte de la ropa de abrigo) o cenar en la cafetería. Finalmente, hicimos esto último y ni tan mal. La camarera era bastante agradable y salimos bien del paso con las hamburguesas y tapas que tenían.

Al acabar nos despedimos de Nico, que cogía su vuelo muy temprano a la mañana siguiente, y todos a dormir. Se nos acaba el viaje por las Lofoten, aunque aún falta una segunda parte.

Comentarios

Entradas populares de este blog

1/3 Oslo

29/2 Viaje a Oslo

26/2 Como Delfín, hasta el fin