26/2 Como Delfín, hasta el fin
Tal como habíamos acordado, nos hemos juntado los nueve en nuestra cabaña para desayunar y luego hemos salido en dirección oeste, hacia el final del archipiélago. Ahora que lo pienso, no hemos puesto aún un mapa de la zona: aquí lo tenéis, cortesía de Wikipedia, para que os orientéis un poco:
Como veis, las Lofoten son un archipiélago alargado, una isla después de otra, y las Vesterålen están justo al norte. Por qué decidieron que eso eran dos archipiélagos, en vez de uno, y por qué una parte de la isla de Hinnøya pertenece a uno y la otra, al otro, pues ni idea, oye. Hoy día las islas Lofoten, que, como veis, están muy cerquita unas de otras, están conectadas entre sí por puentes y túneles, salvo las dos últimas. Pero volveremos a esto más adelante.
El caso es que hoy salíamos de Leknes, que está en la isla de Vestvågøya, hacia la isla de Moskenesøya. Las dos islas están conectadas por un túnel y, si bajáis las ventanillas al entrar en él (ya, hace frío, pero solo es un momento), os llamará la atención un pitido que se oye. El motivo es que, al construirse el túnel, algunos zorros de Vestvågøya pasaron a la isla vecina, donde antes no había zorros, pero sí conejos. Y empezaron a zampárselos. En vista del desastre ecológico, las autoridades decidieron evitar que pasaran más zorros usando un aparato que emitía ese pitido, muy molesto para ellos. Y, una vez cerrado el paso, cazar todos los zorros de Moskenesøya y devolverlos a su lugar de origen, claro.
Por el camino hicimos unas cuantas paradas. Una de ellas, en una colinita en la que vimos un cartel en noruego que nos llamó la atención. Resultó que avisaba de que era una zona de tiro. Cerca hay una pista de biatlón (los deportistas noruegos son, con mucha diferencia, los mejores esquiadores de fondo del mundo) y, cuando hay competición, alguna bala perdida puede acabar allí. Por suerte, no era el caso.
De ahí nos fuimos a una playa preciosa. Tenía aguas turquesas y casi parecía una playa tropical, sin embargo los altos picos nevados que había detrás nos recordaban que estamos por encima del círculo polar ártico.
También vimos muchos valles glaciales con la característica forma de U. Hoy día apenas hay glaciares en las Lofoten, pero hace unos milenios había muchos y dejaron estos valles.
Paramos en el pueblo de Falkstad, donde hay una iglesia de elección; estas iglesias, de las que hay muchas en Noruega, se llaman así porque, cuando se redactó la primera constitución de Noruega, los habitantes de las distintas zonas se reunieron en ellas para elegir sus representantes en la asamblea constituyente. Arquitectónicamente es bastante llamativa porque tiene una torre que recuerda una iglesia ortodoxa, con la característica cúpula en forma de bulbo. Esto es debido a que, en su momento, un grupo de rusos contribuyeron a su elección a cambio de ciertas ventajas comerciales. Entre unas cosas y otras, esta iglesia fue el único edificio de las islas Lofoten elegido entre los llamados sitios del milenio en el segundo centenario de la mencionada constitución.
También estuvimos viendo un cementerio cercano bastante pintoresco. Además de ello, nos sirvió para comprobar la dureza de las condiciones de vida en las Lofoten antes de que el petróleo mejorara el nivel de vida. Apenas veíamos lápidas de personas que llegaran a los 50 años de vida antes de la segunda mitad del siglo XX.
Seguimos camino hasta un secadero de pescado. Hoy estaba casi vacío porque no es época de usarlo, solamente había algunas cabezas de bacalao. Estas cabezas, una vez convenientemente secas, se exportan a Nigeria para hacer sopa. Esto me recordó una fábrica que vimos en Islandia hace quince años, y que se dedicaba a lo mismo.
A todo esto, el tiempo era muy variable. Lo mismo llovía, que hacía sol, que viento... En estas que llegamos a un sitio que conocéis, Hamnøy. ¿No os suena de nada? Pues, si ponéis Islas Lofoten en Google, la mitad de las fotos que veáis son de este pueblo. En concreto, de un conjunto de casitas rojas que se ven muy bien desde el puente que conecta las dos islas sobre las que está el pueblo. Aprovechando que en ese momento hacía un sol espléndido, bajamos de la furgoneta para cruzar el puente a pie. No creo que sean mucho más de doscientos metros. A mitad de camino nos estaba cayendo una granizada molestísima, con unos granicillos diminutos que el vendaval te clavaba en la cara como si te tirasen agujas. Afortunadamente, me había puesto las gafas de sol al empezar a cruzar, así que, al menos, podía ver al andar.
La furgoneta nos recogió al otro lado y nos fuimos directamente a comer a Anitas Sjømat, o Anita's Seafood, un restaurante especializado en pescado, junto con Albert, un compañero de Nico y Ana que vive cerca. Lo más típico del local son las hamburguesas de pescado, pero Albert nos recomendó encarecidamente la sopa de pescado. Yo fui el único que siguió su recomendación y me alegro muchísimo, porque estaba estupenda. Es tipo clam chowder, pero con muchos trozos de pescado (salmón y bacalao, sobre todo). Si vais, yo también os la recomiendo.
Y desde allí fuimos a Reine, un pueblo cercano que fue elegido pueblo más bonito de Noruega. Esto ha hecho que se convirtiera en un sitio muy turístico y no especialmente interesante; pero lo bonito es la estampa del pueblo desde la carretera (está en una hondonada, así que se ve muy bien). Lo malo es que han cerrado el aparcamiento que había junto al puente, así que, si queréis verlo desde arriba, tenéis que bajar hasta el pueblo y subir andando. Vale la pena hacerlo, en cualquier caso.
Albert vive en las islas desde 2018 y nos contó que durante la pandemia de Covid no hubo
restricciones de movimiento en las islas Lofoten, ya que no se habían
detectado casos en ellas. Ojo, no hubo restricciones en las islas
Lofoten (y Vesterålen); para evitar introducir la enfermedad, se
prohibió la entrada en los archipiélagos, incluso a las personas que
salieran de ellos, que no podrían volver hasta que se levantaran las
restricciones en otros sitios. Según nos dijo, se aburrió muchísimo
durante ese tiempo, porque podía salir de casa, pero todo estaba cerrado
por la falta de turistas, así que no tenía adónde ir.
Nos despedimos de Albert y, por fin, llegamos a Å, el pueblo que marca el final de la carretera que recorre las islas. Sí, se llama así; es el nombre de localidad más corto del mundo. Y, por cierto, la letra Å es también la última del alfabeto noruego. Parece que está al final de todo. Teníamos intención de ir a pasear un poco por un parquecito que hay al final de la carretera, y desde el que se ven las dos últimas islas Lofoten habitadas, Værøya y Røstlandet, que están separadas del resto y, por tanto, solo se puede llegar a ellas en ferry. Sin embargo, otra vez hacía mal tiempo y no nos apeteció salir a mojarnos. Además, las nubes bajas no nos iban a dejar ver las islas. Conque media vuelta e inicio del camino de regreso.
Ya que no habíamos salido de paseo en Å, nos paramos en la cercana Sørvågen, el pueblo donde vive Albert. Hay un lago en el pueblo (en realidad, un embalse) que estaba helado. Alrededor del lago hay un sendero y nuestros guías nos sugirieron ir a caminar un rato por él, al menos hasta un par de cascadas que no estaban lejos. Y que son bastante bonitas, la verdad, aunque son más bien tramos de torrente bastante empinados. Se supone que el sendero rodea todo el lago y es practicable incluso para personas con carritos de bebé o sillas de ruedas, pero en invierno, con todo nevado, la cosa es diferente, así que hicimos un recorrido de ida y vuelta.
Y ya de vuelta a casa. Fuimos a comprar cosas para las cenas y desayunos, incluyendo una cosa que no esperaba ver en absoluto: refresco de Chupa-Chups. Pese a ser una marca española, no los había visto jamás en España. Estos sabían a Chupa-Chups de melón y el sabor estaba bastante conseguido; interesante, aunque solo sea para probarlo alguna vez (nosotros compramos tres latas para poder probarlo todos, claro).Luego estuvimos jugando un rato al Código Secreto antes de cenar y, finalmente, salir a la caza del brócoli. Nico nos llevó al sitio donde, según sus investigaciones, había mejores opciones esa noche, pero no tuvimos ningún éxito y acabamos volviendo a casa un tanto desanimados, durmiendo en la furgoneta.
Y, un par de minutos después de dejarnos en las cabañas, Nicolás volvió a buscarnos. Que teníamos una aurora justo encima y el cielo se había despejado. La aurora era demasiado tenue para verse a simple vista, pero se podía ver con las cámaras fotográficas. Al final, nuestra primera foto de una aurora boreal ha sido delante de la puerta de nuestras cabañas.





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