25/2 No hay brócoli

Hoy hemos empezado el día desayunando en nuestra cabaña. Todo lo que habíamos comprado con ese fin o, al menos, buena parte de ello: cafés con leche, tostadas, embutido y demás. También hemos aprovechado para ver el entorno de día y hemos comprobado que la vista desde la parte trasera de nuestra cabaña era muy bonita. Daba directamente a un embarcadero, el mar y las montañas de fondo. Eso sí, el día seguía estando muy nublado, aunque sin lluvia ni viento.

Luego han venido nuestros guías a buscarnos, hemos cargado el equipaje en la furgoneta y camino a Leknes, que sería nuestra base para los próximos días. Teníamos un poco de miedo a que el puente a mitad de camino estuviera cerrado; se cierra automáticamente cuando hay mucho viento y la noche anterior estaba cerrado. Pero, claro, midieron vientos de casi 120 km/h, mientras que al llegar nosotros, aunque el tiempo se había ido estropeando, apenas llegaba a los 50 km/h. Que sigue siendo bastante viento, pero ya algo manejable. En fin, que el puente estaba abierto. Un puente bastante vistoso, porque sube muy alto para que los barcos puedan pasar por debajo.

Ayer no os conté que, aprovechando el viaje al supermercado, estuve charlando con Ana, contándonos un poco nuestras vidas. Ella llevaba tiempo trabajando como guía turística, pero vivía en las Canarias con su novio sueco. En estas que llegó el confinamiento y, como todos los guías, se quedó sin trabajo; pero, no sé si lo recordaréis, en Suecia las restricciones fueron menores que en otros países, así que decidieron cambiar de aires. Y allí se quedaron. Ahora ella vive en el sur de Suecia con su chico y se viene a Noruega cuando así lo pide su trabajo. En realidad, no habla noruego, pero sí sueco, y los dos idiomas se parecen lo suficiente como para ser mutuamente inteligibles, por eso puede hablar con la población nativa sin problemas aunque no hablen inglés. La verdad es que no sé si Nicolás habla alguna lengua nórdica, pero tampoco es demasiado necesario porque casi todo el mundo habla inglés. Es lo habitual en países poco poblados; si no hablas más que tu lengua materna, tu mundo se acaba muy pronto, así que casi todo el mundo habla algún otro idioma.

En Leknes hemos visto algunos carteles anunciando lo que parecía fiestas de line dancing, estilo country. Nuestros guías nos cuentan que, efectivamente, es bastante popular en la zona. Hace unos meses oí un podcast sobre este estilo de baile, que también está muy de moda en poblaciones pequeñas de Francia. Ester opina que es un estilo que ayuda mucho a socializar y de ahí su éxito. Seguramente tenga razón.

Después de dar una vuelta por la población, nuestros guías nos han dado algunas opciones para comer y nos hemos decidido por el Unstad Arctic Surf, un restaurante de ambiente surfero en una playa. Sí, las Lofoten tienen muchas playas y, aunque no son especialmente atractivas para el baño (según nos cuentan, en verano sí va gente a tomar el sol), son buenas para el surf por el oleaje. De hecho, hemos visto algún surfero con su neopreno y su tabla. El sitio es muy recomendable para comer; todo lo que hemos pedido estaba muy bueno. Si tenéis curiosidad por probarlo, tienen estofado de ballena y, aunque yo no lo he pedido, quienes lo han hecho me han contado que estaba estupendo. 

Según Nicolás, un biólogo marino que llevó en un viaje decía que los noruegos cazan menos ballenas de las que tienen en cuota porque su carne hoy ya no es demasiado popular y la industria ballenera, en general, no da demasiado rendimiento; en cualquier caso, la población de ballenas minke, las que suelen cazar en Noruega, lleva años creciendo, así que hoy día no hay mucha preocupación por ellas. Al menos, eso le dijo el biólogo. Por cierto, una de las frases más oídas durante la comida ha sido: ¡Hostia, el ajo! Como aperitivo nos han sacado pan con mantequilla, humus y una salsa de ajo que estaba sorprendentemente buena. Y también os aviso de que, en general, la comida noruega tiende a picar un poco.

Hemos tenido un buen rato de sobremesa en el saloncito privado donde hemos comido. Bueno, saloncito no; un salón en toda la regla con un par de sofás, incluso, aunque nadie ha hecho amago de echar la siesta.

Y después ya nos hemos ido hacia nuestras nuevas cabañas, que están a seis o siete kilómetros de Leknes. Una vez más, en la misma orilla del mar. Esta vez sí hemos ocupado las dos cabañas que teníamos asignadas, porque son más pequeñas que las de Svolvær, y nuestros guías están en otra cabaña cercana. De todos modos, hemos decidido que la que tenemos Maite, Ester y yo sea nuestro centro de convivencia.

Luego nos hemos ido con Ana a Nusfjord, un pueblo típico cercano. Es un antiguo pueblo de pescadores reconstruido para el turismo. Por el día, incluso cobran entrada, pero por la noche no. Claro que de noche se ve menos, pero igualmente hemos dado un paseo y luego nos hemos tomado una cerveza en un bar. Bastante ilusionados porque estábamos viendo estrellas en el cielo, señal de que las nubes estaban desapareciendo y tal vez tuviéramos suerte con las auroras boreales.

Después, nuestros guías han ido a hacer la compra y, finalmente, hemos cenado todos en nuestra cabaña. Esta vez les hemos pedido que compraran pizzas porque nos ha parecido lo más sencillo de hacer en poco tiempo, por si teníamos que salir a buscar auroras. Durante la sobremesa, Nico ha estado mirando sus aplicaciones y, finalmente, ha dicho que la previsión era que se volviera a nublar, así que lo mejor era salir en seguida en busca de auroras, aunque las perspectivas tampoco eran muy buenas. Raudos a la furgoneta y rumbo a una playa cercana orientada al norte, que es la mejor dirección para ver las auroras. O los brócolis, como hemos decidido llamarlas en clave. Por qué les hemos puesto un nombre en clave es un poco complicado de explicar; principalmente, por hacer el tonto, claro.

Pero, como el avispado lector habrá deducido al leer el título de esta entrada, no ha habido suerte. Al llegar a la playa ya no se veía una sola estrella y las únicas luces que hemos visto eran las de un coche aparcado cerca de donde hemos puesto nuestra furgoneta. Aunque sospechamos que los ocupantes de ese coche no habían ido a ver auroras. Al poco rato nos hemos ido, creemos que para alegría de nuestros vecinos, y vuelta a las cabañas ya para dormir. Mañana hay mejores perspectivas climáticas, a ver si se cumplen.



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